Sotileza es una novela costumbrista del escritor cántabro José María de Pereda publicada por primera vez en 1885.
La novela se desarrolla en el Santander marinero de mediados del siglo XIX.[1] Su autor, al escribirla, se propone dos objetivos:
La novela está plagada de referencias locales a un Santander ya desaparecido e intenta conservar un vocabulario marinero en buena parte perdido, hasta el punto de que el autor consideró necesario insertar un glosario al final del libro para hacer comprensible el texto. Contiene elementos autobiográficos y el personaje Andrés parece reflejar a Pereda de joven.[3]
La novela fue bien recibida por la crítica,[4] y especialmente por la ciudad de Santander, dedicataria de la novela en el prólogo, cuyos personajes, de construcción lograda,[5] dan nombre a calles y lugares.[6] Se la considera una de las obras más importantes de la producción de Pereda.[7]
Los protagonistas de la novela son claramente cuatro: Silda/Sotileza y sus tres pretendientes: Muergo, Andrés y Cleto. Y además la población marinera y pescadora de un Santander mucho más pequeño que el actual.[13]
Durante la redacción Pereda se lamenta de que apenas tiene argumento para una novela que avanza y avanza en descripciones pero que resulta flaca de acción.[14] Pero, al final, logra enhebrar una trama suficiente, y conseguida, en torno a la figura de Sotileza. Esta trama se desarrolla en dos tiempos: el de la niñez de los protagonistas (cuando son «crisálidas»), y el del final de su adolescencia y entrada en la madurez (son ya «mariposas»).
Silda Mules es una niña huérfana, hija de un pescador muerto en un naufragio. Vive en uno de los barrios de pescadores de Santander, en la calle Alta, del Cabildo de Arriba (hay otro Cabildo de pescadores, el de Abajo).
Estaba recogida en casa de una sórdida familia que la maltrataba y esclavizaba. El padre, el tío Mocejón, es un pescador insensible, que va a lo suyo. La madre y la hermana, sardineras, son envidiosas y maldicientes. El hijo, Cleto, también pescador, tiene un corazón honrado y noble y no las soporta.
Silda, huyendo de los golpes que recibe, se escapa. La encuentra Andrés Colindres, hijo del capitán del navío la Montañesa, D. Pedro Colindres, Bitadura. Andrés es un muchacho de clase media que se mezcla con los «raqueros», niños semi-abandonados, raterillos del puerto. Entre ellos está Muergo, monstruo de fealdad, a quien Silda siempre mostrará afecto por haberla salvado de morir ahogada en la Maruca.
Andrés moviliza al padre Apolinar, quien hace que Silda sea acogida en una nueva casa, situada en la bodega o planta baja del mismo edificio donde vive la familia Mocejón. La nueva familia la forman el tío Mechelin y la tía Sidora, buenas gentes de la mar que, además, la acogen no por el dinero que paga, cuando paga, el Cabildo por mantener a la muchacha. Ahora es querida y bien tratada y ella responde en la misma moneda.
Transcurren los años y, ya pasada la pubertad, encontramos de nuevo a los protagonistas. La madre de Andrés, Andrea, quiere para su hijo un futuro alejado de los peligros del mundo de la mar y busca para él una ocupación en el despacho de don Venancio Liencres, comerciante y armador, quien lo pone a trabajar, como escribiente, junto con su propio hijo, Tolín. De este modo Andrés entra en contacto con la familia de su jefe y conoce a su hija Luisa quien, en silencio, se prenda de él.
Por su parte, Silda es ahora una muchacha lozana y saludable, además de buena y sensata. Se la conoce por el nombre de Sotileza, --la parte más fina del aparejo--, en alusión a sus cualidades.
La pretenden Cleto, el hijo de los Mocejón, a quien Sotileza, ajena al resentimiento, una vez cosió un botón de sus calzones pese a que días antes había sido dolorosamente empujada por él. Cleto, consciente de la familia de donde proviene y corto de expresión, consulta con Andrés y con el padre Apolinar antes de decidirse a visitarla y declarar su intención de casarse con ella. Sotileza le rechaza.
También la pretende, de un modo muy tosco, Muergo, que la visita con alguna frecuencia por ser sobrino de la familia de la bodega. Aunque Sotileza le mira bien, no le admite sus intentos de propasarse.
También la desea el propio Andrés, que sigue cultivando su amistad desde que eran niños. La visita con frecuencia en la casa de la bodega, a cuya familia él y su padre hacen diversos favores, en especial la donación de una lancha al tío Mechelín para que ya no dependa de otros patrones. Pero cuando Andrés se insinúa a Sotileza, esta le para los pies, aunque se nota que él no le es indiferente.
Un día que Andrés la visita, la mujer y la hija de Mocejón, resentidas y envidiosas de Sotileza, encierran a ambos cuando están solos en la casa de la bodega y dan voces al pregonero con el fin provocar un escándalo y manchar la impoluta reputación de Sotileza. Las sardineras tratan de hacer ver que la familia de la bodega está «vendiendo» a Sotileza como pago de la lancha recibida. Este escándalo traerá diversas consecuencias:
De madrugada salen las lanchas a pescar pero sobreviene una terrible galerna (posiblemente inspirada en la conocida como Galerna del Sábado de Gloria que aconteció el 20 de abril de 1878) que las pone en serio peligro. La lancha en la que está embarcado Muergo naufraga, y Muergo muere. En la lancha en la que está Andrés, el patrón, Reñales, cae herido tras recibir un golpe en la cabeza. Andrés toma el timón y con el esfuerzo y valor de los remeros logra que la lancha entre en puerto ante la mirada angustiada de su padre y de toda la muchedumbre congregada.
La aventura de la galerna provoca la reconciliación de Andrés con su familia. Andrés ya no vuelve por la bodega y Sotileza, empujada por el padre Apolinar y ante la enfermedad de tío Mechelín, decide aceptar la promesa de matrimonio de Cleto, justo cuando parte para la leva. Y con la imagen de Andrés "ennoviado" con Luisa termina la novela.
Que Sotileza es una novela costumbrista dedicada a preservar la memoria del pasado se deja ver por el mimo con que Pereda pinta los lugares y se recrea en describir las situaciones. Algunas de sus pinceladas más destacables son:
La novela fue bien recibida, especialmente en la ciudad de Santander, dedicataria de la novela,[21] que dedicó casi inmediatamente una vía pública al personaje principal.[22] También fue bien recibida en los ambientes literarios. Tras Menéndez Pelayo, feliz por el acierto de la novela que él mismo sugirió a Pereda, y Galdós, que solo le reprocha el defecto de no ser él quien la haya escrito,[23] también Clarín tiene palabras muy elogiosas, considerándola como la mejor de la producción del autor hasta el momento.[24]
Fue alabada su reconstrucción del lenguaje marinero, su descripción «impresionista» de la calle Alta y de los Cabildos y la esmerada construcción de sus personajes.[25] En general se valoró la ausencia de obscenidades y de tendencia, aunque algunos críticos encuentran una tesis en la elección de marido de la protagonista, al ver en ella la restauración del orden establecido, a punto de ser alterado por la inexperiencia pasional de Andrés.[26]
Pero Sotileza también ha merecido críticas negativas:
Porque al fin y á la postre, lo que en él [el libro] acontece no es más que un pretexto para resucitar gentes, cosas y lugares que apenas existen ya.Pereda (1998), Prólogo, pág. 58
Y lo que yo le digo a Sidora cuando me empondera la finura de cuerpo y la finura de obra del angeluco de Dios: «esto, Sidora, no es mujer, es una pura sotileza...». ¡Toma!, y que así la llamamos ya en casa: Sotileza arriba y Sotileza abajo, y por Sotileza responde ella tan guapamente.cap. XI, pág. 213
La señora de don Venancio Liencres era uno de los ejemplares más netos de las Muzibarrenas santanderinas de entonces. Hocico de asco, mirada altiva, cuatro monosílabos entre dientes, mucho lujo en la calle, percal de á tres reales en casa, mala letra y ni pizca de ortografía. De estirpe, no se hable: la más vanidosa, en cuanto se empinaba un poco sobre los pies, columbraba el azadón, ó el escoplo... ó el tirapié de las mocedades de su padre... ¡Ah... los pobres hombres! ¡Y cómo las atormentaban, sin querer, cuando, ya encanecidos, se gloriaban, coram pópulo y de ellas, de haber sido lo que fueron antes de ser lo que eran! ¡Groserotes! ¡Tener á título de honra el haber hecho un caudal á fuerza de puño, y el atrevimiento de contarlo delante de las hijas, que no habrían nacido, ó gastarían abarcas y saya de estameña, sin aquellas obscuras y crueles batallas con la esquiva suerte!cap. XI, pág. 201
Y apareció en seguida la hermanita de Tolín, muy emperejilada con rica falda de seda, grandes puntillas en los pantalones, y todo lo mejor y más caro que podía llevar encima, á la moda rigurosa de entonces, la hija de un don Venancio Liencres en un pueblo en que siempre ha sido muy de notar el lujo de las niñas pudientes. Su madre la miró de arriba abajo, desarrugando los párpados y el hocico; y en seguida, volviendo á arrugarlos, le dijo á Andrés en una ojeada rápida y vanidosa:—¡Mira esto... y asómbrate, pobrete!
La niña, que se llamaba Luisa, era un endeble barrunto de una señorita fina: manos largas, brazos descarnados, talle corrido, hombros huesudos, canillas enjutas, finísimo y blanco cutis, pelo lacio, ojos regulares y regulares facciones. Con esto y con el espejo de su madre, resultaba una niña finamente insípida, pero no tanto como la señora de Liencres; al cabo, era una niña, y podía más en ella la sinceridad propia de sus pocos años, que la confusa noción de su jerarquía, inculcada en su meollo por los humos y ciertos dichos de su madre.cap. XI, pág. 202